Diciembre
Diciembre…
Desperté, sin vida, sin aliento, sin recuerdos…
sabía que había recorrido un viaje al centro del infierno… sin memoria, me
vestí y con asco aguanté el terrible olor a podredumbre y suciedad de ese
cuartucho y de tu cuerpo — ¿o era yo quien emanaba tal fragancia, o los dos, o los
restos de eso que matamos que aún yacía sobre la cama y salpicaba los muebles y
el techo?—. sorprendida y mareada vi el río de fluidos que salían de mis oídos
y de mi alma; exasperadamente apática tallé mis venas, pero el río empezaba a
transformarse en una sustancia viscosa que raía mis entrañas… tú sonreías…
parecías estar acostumbrado, y hasta contento; yo ni siquiera sabía quién eras…
asentía tratando desesperadamente de saber cómo llamarte —o de recordar cómo
llamarte— mientras tú vomitabas algo sobre mi forma de ser, mi espíritu gris,
mis crisis de carácter, de personalidad y posabas tus ásperas manos en los
restos de mi cadera, me conminabas a irnos… aun así el metal de tu boca me
recorrió por milésima vez, no podía entender por qué estabas feliz, tampoco
entendía por qué estaba yo ahí, entonces lo supe, no había salido del infierno me
había instalado ahí transformándome en una criatura vil, amorfa y mortífera que
se arrastra y vuela a ratos, mata y asesina, siembra ríos y ríos de ese líquido
magnifico y putrefacto que pocos conocen, pero que vive en el alma de todos… y
todo eso en tan solo un fin de semana…
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