viernes, 10 de mayo de 2013


El Diablo en la Historia.

Todo es más tranquilo y apacible en la oscuridad, hay tiempo para pensar mientras los ojos se acostumbran a ella y caen en el juego interminable de adivinar figuras y siluetas en torno a nosotros, en ocasiones  podríamos sentir la respiración de otra persona sobre el hombro, otras,  una fría brisa acariciándonos y a veces,  hasta que un cuerpo yace a nuestro lado. Es entonces cuando la oscuridad se convierte en un tormento y pensamos qué cosa podría esperarnos en ese fondo negruzco, ¿un fantasma, una bruja, un alma en pena o, en casos más dramáticos, el  Diablo? Hablar de una visión diabólica que implique la mismísima presencia de Satanás es algo terrible y perturbador, sin embargo, ¿por qué es así?, ¿de dónde nacen esos temores?, ¿tenemos la certeza de que esos entes comandados por el príncipe de las tinieblas están asechándonos constantemente? ¿Es acaso nuestra tendencia a la maldad la que los llama?
El ser humano siempre ha intentado responder a un sinfín de preguntas y aunque  las respuestas generalmente no sean las más acertadas o adecuadas, sí son las más  idóneas para el momento histórico social en el que se está viviendo.
En occidente, con la dominación del cristianismo, nuestra parte obscura, nuestros temores y nuestro mal comportamiento se ve inmediatamente identificado con Satanás, quien al ser expulsado del paraíso por revelarse contra Dios, según la cosmovisión cristiana, no cesa de esperar  y de aprovechar las debilidades humanas para llenar el infierno con las almas descarriadas.  
El Diablo entrará a escena con mayor fuerza durante el Medievo, tendrá por cómplices, además de íncubos y súcubos, a las brujas y una que otra alma deseosa del poder y ambición. Cuenta de ello da la Inquisición, tribunal que trataba de proteger, cambiar y salvar, por cualquier vía, a todos aquellos sometidos por el Maligno. En sus cruzadas, torturaba a las brujas, por lo general jóvenes y muy bonitas, buscaba marcas en sus cuerpos y las incitaba a confesar su relación de concubinato con el Señor de las Tinieblas. La influencia del Diablo en esta época se ve traducida en el arte gótico: catedrales altas con arco ojiva y adornadas con gárgolas de piedra. En el Medioevo estaba implícito el castigo y la presencia del Diablo hasta en el arte.
La literatura, antes y después del Medioevo,  también se ocupó de relatar cómo el ser humano puede ser víctima del Diablo quien ofrece riquezas y poder a cambio de almas.  Al respecto Giovanni Papini mencionará, en su polémico libro El Diablo, lo innecesario de esos pactos,  ya que si el ser humano es pecador, como las escrituras lo mencionan, caerá en falta por su propio pie sin el mayor esfuerzo de seducción diabólica. Además, dirá Papini, es un poco risible la idea del Diablo como esclavo de un mortal a cambio de una simple alma que de cualquier forma tendrá.
Algunos ejemplos de esta negociación diabólica están en Fausto, de Goethe,  quien cansado de la vida busca invocar espíritus y llama, sin saberlo, a Mefistófeles que le ofrece felicidad  y prosperidad. Mefistófeles firma, con sangre, un pacto en donde, si logra lo acordado se quedará con el alma de Fausto para toda la eternidad. Un pacto tácito, sin sangre, pero con muchos pecados capitales, se encuentra en Dorian Gray de Oscar Wilde. Dorian cae en las garras del Diablo por la debilidad hacia su propia belleza. Otro ejemplo, ahora en el séptimo arte es Oh brother, where art thou? (Dónde estás hermano) dirigida por los hermanos Coen, en la obra se muestra, además de una interesante adaptación de la Odisea de Homero, a un guitarrista afroamericano que vende su alma al Diablo a cambio de prodigio en la interpretación y ejecución de su instrumento; algunos mencionan, respecto a este hecho,  que los hermanos Coen hacen alusión a un elemento del folklore sureño de Estados Unidos: la historia del músico de blues Robert Johnson, personaje que se ha convertido en un máximo ejemplo de esa clase de mito. También el Diablo está presente, como tentador y sin que logre convencer, pese a sus encantos de mujer,  al fiel y tenaz penitente, en  Simón del Desierto de Luis Buñuel.
Se piensa que con la modernidad, la luz eléctrica, el internet, el pensamiento crítico, el entretenimiento en masa, etc. el Diablo, derrotado,  ha abandonado ya el entorno humano. Sin embargo, como hace mención Robert  Muchembled en el libro La Historia del Diablo, tal vez sea aquí, en la moda, el pensamiento moderno y arcaico, la televisión, los ritos, las congregaciones en donde el Diablo retome su mítica forma y continúe con éxito su reinado sobre el género humano.
Cualquiera que sea nuestra concepción del Diablo, encarna o se planta de acuerdo con el contexto histórico cultural de la época vivida. ¿Existe el Diablo? No lo sé, pero puedo decir que existe el hombre, creador del Diablo y de su antítesis.