domingo, 5 de julio de 2015

Eso que llaman amor.

Eso que llaman amor.

  Esperaba el diagnóstico como si de ello dependiera su vida, y, tal vez no estaba tan errada, un diagnóstico, es ―en cierta medida― una sentencia válida; completamente aceptada, bien vista por la sociedad a la que pertenece, no el individuo, sino el acto que motivó a que tal determinación se tomara. Por fin, el momento se presentó y el dictamen llegó a sus oídos; difuso, con eco, trillado y, probablemente, esperado: Estrés, ansiedad, energía mal canalizada… ―¿Estoy enferma? ―No, no, bueno, no en el estricto sentido de la palabra; resulta que sus “enfermedades son síntomas”. ―Síntomas de ¿qué? ―De su verdadera enfermedad: la ruptura con el mundo, con la armonía, con el equilibro. Su verdadera enfermedad es la ansiedad. ―¿Ansiedad? Ya lo sé, estoy diagnosticada y medicada. ―Sí, sí, sí…Pero no curada. Ahora, con ayuda de ciertos ejercicios y disciplina, podrá curarse y, por supuesto, jamás volverá a tomar drogas contra la ansiedad.

 Ella lo miraba fijamente, no sabía si en realidad lo escuchaba o si pensaba en lo aliviada que se sentiría si en ese momento su interlocutor se inflamara al punto de un estallido fatal; el resultado fue la danza rítmica de las imágenes en compañía del gastado discurso: “somos perfectos, las paredes salpicadas de sangre,…podemos lograr todo, pedazos de vísceras en el piso,… piensa las cosas, el rostro desfigurado en una violenta mueca… visualiza, tal vez explote camino a su casa,…¿quieres un mejor empleo?, ¿ganar más? Todo es posible…” Mientras tanto, con la fuerza de un refrán, dentro de sí escuchaba esa voz decir: Mejor que le exploten sólo las extremidades inferiores, así podría susurrarle al oído: visualízate caminando, todo es posible, seguro te salen piernas en cinco sesiones.

Aun con el carácter peculiar que la caracterizaba, pensó, más bien creyó, o posiblemente, se esforzó por creer, en las recomendaciones del nuevo doctor… “Existe una conexión vital y, por lo tanto, necesaria entre los humanos y la naturaleza… La naturaleza nos provee, somos agua, aire, necesitamos la luz del sol…”

Hizo lo posible por no pensar lo fácil que es confundir lo accidental con lo esencial, en efecto, es esencial la luz del sol para vivir, es igualmente esencial para nuestro carácter, pero; si ella sufriera por besar, acariciar o penetrar a otra mujer, no en su cuerpo de chica, sino dentro de toda una anatomía masculina, seguramente, la conexión con el sol sería completamente fútil; tampoco serviría pensar que todo es posible, y con ello contempla la posibilidad de un miembro artificial, hormonas, operaciones, etc, etc.

Continuaba escuchando la voz de su actual guía hacia la recuperación: “…medita, medita, en cualquier lugar: puede ser rumbo a tu trabajo, sólo tienes que imaginar que no hay nadie ni nada a tu alrededor, sólo estás tú y la naturaleza…” Sin embargo, la naturaleza tomaba forma de asaltante, de auto, de claxon, de hombre gordo y sudoroso estorbando en todos lados, de mujer impertinente, de escuincle molesto sorbiendo mocos, de joven tomando café en el transporte abarrotado, etc, etc, etc.

 ¿Qué le pasaba? ¿Era diferente al resto de las personas? ¿Era un ente extraño en un universo en donde sólo ella notaba los abusos, los absurdos y las arbitrariedades; sólo ella se daba cuenta de que las supuestas soluciones risibles y nimias eran diseñadas con la finalidad de buscar algo que nunca se alcanzará? (Algo así como la zanahoria y el garrote…―todos sabemos que ese truco, perdón, estímulo está diseñado para que el animal JAMÁS alcance la zanahoria―)

Entonces, qué ocurría, sí, sí, sí, ya sabemos: ansiedad. ¿Ansiedad, a qué? Muchos, muchos años atrás, su madre le había dicho, ¿Miedo?... ¿Miedo a qué? No existe algo que te haga daño; debes temer a los vivos (lo realmente fantástico es que su madre no sabía a qué le tenía miedo su criaturita). ¿Miedo?, ¿no puedes dormir?, ¿por qué? Cuestionaba el padre, como si un infante de escasos años pudiera decir el porqué de la falta de sueño. “No seas tonta, sólo la gente tonta tiene miedo”.

 El discurso del padre, el argumento de la madre, la sentencia del doctor, el consejo de la vox populi. ¿Qué le pasaba?, ¿es un fenómeno?, seguro no, entonces contesta: ¿qué le pasa?, ¿qué le pasa a los otros? Y meditó… o se embriago, eso no ha quedado muy claro aún… ¿Qué me pasa?, ¿qué les pasa?... frustración, estrés, miedo, ansiedad… ya lo sabemos…Pero ¿a qué?

 El sol brillaba y calentaba más que los últimos días; el sol, conectarse con el sol, caminar y sentir bajo sus pies el asfalto o el pasto o las piedras, sangrarse los pies, quemarse las palmas de las manos con el sol… ¿hay una conexión?, ¿la naturaleza la ha escuchado? Bailó y gritó bajó la lluvia… Nada cambió… ¿Qué le pasa?

 La naturaleza la asaltó y la violó cuando intentó la trilladísima conexión, sintió las quemaduras en la piel cuando la empujaron en el trasporte, así como una penetración más, cuando, en las instalaciones de la autoridad correspondiente, nadie le dio importancia a sus denuncias, como si no existiera; mientras, el íncubo a cargo de la sección le susurraba con tono muy íntimo… "y , ¿así iba vestida?... Seño, los hombres son hombres…" Ella quiso apelar al equilibrio de la naturaleza… pero nada pasó… nada llegó… o tal vez sí… la despidieron de su trabajo y la injuriaron…

 Entonces, en ese momento, decidió ver, decidió saber, la energía sólo se canaliza juntándola, sólo se canaliza bajo un propósito… Qué liberador sería ver esos miembros en el aire, la sangre, las vísceras… Seguro ella no estaba sola… ¿Enferma...?, ¿de verdad?, ¿enferma?...

El terapeuta se mordía el labio inferior mientras murmuraba: “Ser demasiado consciente, es estar enferma, es obsesión, es compulsión, es anomalía”…. 

Nuevamente el discurso tuvo un tono carmesí….

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